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Lara (18/09/1993 – 22/01/2009)

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Nos la trajeron con 4 días porque su madre no podía dar de mamar por un problema médico y recuerdo que pasó toda la primera noche llorando. Sin embargo, ella se acostumbró en seguida a que le diésemos el biberón, agarrándolo con las dos patas delanteras para inclinarlo a su gusto.

Los primeros pasos los dio por el pasillo de nuestro antiguo piso, detrás de mí, dando saltos, mientras yo gateaba para que me siguiera el ritmo. Al final se cansaba y acababa sentándose, girando la cabeza hacia un lado, levantando las orejas (que aún no tenía desarrolladas y le colgaban por sendos lados de la cabeza) y haciendo un onomatopéyico hugh, al no entender lo que le decíamos.

Al irnos a nuestra actual casa, con jardín, ya estaba a sus anchas, corriendo de un lado al otro de la parcela cuando pasaba un coche, aunque los fuegos artificiales, los truenos, los camiones y los Citroen 2CV, le sacaban de quicio, ladrando sin parar.

Recuerdo también que cuando sabía que ibas a acariciarla o rascarle, se acercaba arrastrándose por el suelo, como si no quisiera levantarse, por si cambiabas de idea. Incluso cuando le rascabas el cuello o el estómago que hacía un leve ronroneo de gusto, muy característico de ella.

Llegó a aprenderse nuestros nombres, por lo que jugábamos al escondite con ella. Me escondía cuando no se daba cuenta y mis padres le preguntaban, ¿dónde está Óscar?, y ella salía corriendo en mi busca, que no aplazaba hasta dar conmigo.

Cuando salíamos a dar una vuelta, era completamente imposible llevarla con correa porque tiraba de nosotros, más que a la inversa. En buenos días, nos acercábamos al cauce de un río seco (irónicamente, el Río Seco) que hay junto a mi casa con el fin de soltarla y que corriese a gusto, dando vueltas alrededor del grupo, controlándonos, como si de su rebaño se tratase.

Hace un par de años, justo durante mi estancia en Barcelona, comenzó a tener rachas de cojera o días en los que las patas traseras no le respondían tal y como lo habían hecho hasta ese día. Poco a poco, ha ido empeorando hasta producirle tres hernias discales, unido a la artrosis y su avanzada vejez (de media, los pastores alemanes suelen durar unos 12-14 años).

Hace 3 días que no se levanta, ni apenas come, por lo que esta mañana hemos llamado al veterinario para que la duerma. Después de casi 16 años con nosotros, creo que me va a costar acostumbrarme a no verla cada día.

Te quiero, niña…

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